Un hombre sin nombre

Por Isarose.

 

 

Apenas habían pasado unos meses desde que despertara en el hospital de Chicago y le viera ¿por vez primera? Para él así había sido pues no podía recordar nada de su pasado, ni siquiera su nombre. Ella le llamaba Albert. Candy era el ángel blanco que le ayudó cuando nadie más lo hizo, tanto, que hasta lo llevó a vivir con ella a ese departamento para ayudarle en su recuperación. Seguía sin recordar quien era pero poco a poco los recuerdos iban llegando. Aun eran muy confusos pues casi siempre le llegaban en forma de sueños y por eso no sabía que tanto era verdad y que tanto eran solo sueños. A veces se veía en una gran mansión en medio del bosque con un hermoso portal de rosas, otras en una choza en medio de la selva y ahí toda clase de animales salvajes corrían libres  a lo lejos. Cuando se veía en la mansión se sentía tranquilo pero a la vez como atrapado y al verse en la selva se sentía libre, feliz. Pero, ¿que significaba todo eso? tal vez algún día lo sabría. Lo que mas le preocupaba era que poco a poco se había enamorado de la linda muchacha que le cuidaba y ayudaba pero según le había contado sólo eran amigos y ella no pudo darle mas datos personales como donde vivía o su nombre completo.

 

-- Candy—suspiró mientras veía el cartel de Romeo y Julieta que estaba en la pared— a esta hora ya debe haber terminado la función, ya debe estar con él—completó la frase con un dejo de tristeza.

 

Cuantas veces ya había intentado declararle su amor pero las circunstancias se lo impedían además estaba Terry, quién le habían contado era su amigo y no podía traicionarlo. No, no podía. Todo tenia que seguir igual. Que feliz se veía ella esa mañana que partió hacia Nueva York para verlo.

 

--Vete tranquila, no te preocupes por mi—le había dicho él en ese entonces con una sonrisa en el rostro pero con el temor en su corazón de ya no verla mas, pues sabia que ella estaba muy enamorada de ese chico y este deliberadamente le había mandado solo el pasaje de ida. De seguro haría lo posible por retenerla a su lado y él la habría perdido sin siquiera luchar por ella.

 

--Pero ¿como hacerlo?—pensó en voz alta el hombre rubio—si no tengo nada que ofrecerle, ni siquiera se mi nombre ¿y si nunca recupero la memoria? ¿Qué haré?—completó abatido.

 

Se dirigió a su habitación y se metió a la cama pero no podía dormir, miraba a través de la ventana la nieve que al caer brillaba a la luz de la luna.

 

--Si ella regresa no necesito recuperar la memoria, siento tanta paz a su lado—pensaba ya sin tristeza e  imaginaba la cara sonriente de la dulce enfermera.

 

Finalmente el cansancio lo venció y en sus sueños vio a un chico rubio tocando una gaita, este se detuvo ante una chiquilla que yacía en el pasto llorando desconsolada. Este sueño últimamente había sido muy recurrente pero el siempre despertaba antes de verle el rostro a la chica. Esta vez seria diferente, algo extraño, pues se escuchó a si mismo en el lugar del chico diciéndole “eres mucho mas linda cuando ríes que cuando lloras” ella volteó a mirarlo y entonces pudo ver su cara, era ella, era Candy. En ese momento despertó desconcertado. ¿Qué significaba eso? ¿En verdad era él? ¿Era él ese chico de la colina o solo estaría soñando eso por lo que le había contado Candy acerca de su primer amor? ¿Era solo un reflejo de su deseo de ser amado por ella o en realidad era un recuerdo? Ya estaba amaneciendo así que aun confundido, se levantó y se preparó para salir a trabajar.

 

Más tarde mientras lavaba los platos en el restaurante pensaba que haría de comer para darle la bienvenida a Candy al día siguiente pues según los planes se iba a quedar en Nueva York un día más después de la función para pasear con Terry.

 

--Te voy a traer muchos regalos Albert—le había dicho ella ese dìa que partió.

Albert sonrió al recordar tantos momentos felices al lado de Candy desde que vivían juntos.

--Ya acabo tu turno ¿que no piensas irte a casa?—le dijo el hombre que trabajaba en el turno de la tarde sacándolo de su embeleso.

--Ah si, ya me voy jeje—contestó Albert aun sonriendo tontamente.

 

Llegó al departamento y encendió la chimenea, aunque ya no nevaba si hacia mucho frío. En eso escuchó que tocaban la puerta. Al abrir ahí estaban Archie, Annie y Patty con Candy.

 

--¡Candy! – exclamó al verla desmayarse en sus brazos.

--Llegó esta mañana pero se puso mal en la estación, Archie fue por ella—explicó Annie.

--Pero si llegaba mañana—comentó Albert algo desconcertado-- en fin, gracias por traerla yo me haré cargo—

La llevo en brazos hasta la cama y la arropó bien, luego acompaño a los chicos a la puerta.

--Gracias de nuevo--

--No gracias a ti por cuidar de ella—dijeron los tres al partir.

 

Al regresar a la habitación vio que Candy estaba levantada, lo miraba tratando de contener las lágrimas. Albert estaba por reprenderla por haberse salido de la cama con la fiebre que tenía pero en lugar de eso le preguntó con voz suave:

--¿Qué pasa?—

 

Ella se arrojó a sus brazos llorando amargamente. El sólo la abrazó acariciando sus alborotados cabellos, esperando que se calmara para que le contara todo. Aún entre lágrimas ella le narró lo sucedido en Nueva York, como había tenido que terminar con Terry y el por qué.

 

--No pude decirle “no me lo quites” no pude—repetía desconsolada.

--Llora desahógate, ya pasara—le decía el con esa voz tan amable que era como un bálsamo para el dolorido corazón de Candy.

 

Después de estar toda la tarde llorando finalmente Candy se durmió, Albert se quedo contemplándola un rato, luego de comprobar que ya no tenía fiebre se dispuso a salir.

 

--Algún día podré decirte abiertamente lo que siento por ti, algún día cuando ya no sea un hombre sin nombre. Le dio un leve beso en la frente y salió de la habitación.

 

 

Una melodía de gaita se escuchaba en el bosque, quien la tocaba era un hombre alto y  rubio vestido de kilt  al llegar a una verde colina con un gran árbol, la música terminó cuando una voz interrumpió sus recuerdos.

 

--¡Albert! ¿Eres tú?—preguntó alguien al pie del árbol.

--¡Candy!—exclamó el rubio al reconocer a la dueña de la dulce voz.

 

Ella se iba acercando lentamente mientras miraba un objeto que llevaba entre sus manos, era una insignia que brillaba bajo los rayos del sol.

 

--Albert, este broche es igual al que llevas, ¿es tuyo? ¿Tú…tú eres…?—preguntó titubéate aun sin salir de su asombro.

--Si, es mío—contestó él muy sonriente.

--Entonces, tú eres el príncipe de la colina… ¡Tú eres mi príncipe!—dijo Candy con ojos brillantes.

--Y no solo eso, también soy aquel hombre con amnesia que se enamoro de una linda enfermera que lo cuidaba.

--¡Albert!—exclamó ella con una gran sonrisa y lanzándose a sus brazos—No sabes cuanto deseaba oírte decir eso. Yo también te amo. No sé desde cuando ni como fue pero así es. Tal vez te he amado siempre.

--¡Candy! ¡Te amo y nunca te dejare de amar!--

 

Sus labios se unieron en un cálido beso mientras la brisa soplaba suavemente moviendo las hojas del Padre Árbol en la Colina de Pony.

 

 

 

 

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